La albiceleste pudo perder con un equipo asiático muy inferior, pero que se animó. Una genialidad del delantero del Barcelona al 92 puso a los sudamericanos en octavos
Primera parte, la teoría no existe. En Argentina se preguntaban por cuántos goles ganaría su selección a Irán, rival en la segunda jornada del Grupo F del Mundial. Y no se trataba de un acto de soberbia o arrogancia. Si los milagros existen, hay pocos. Y Costa Rica se había hecho de algunos, cargándose a Uruguay e Italia, metiéndose en los octavos de final y eliminando a Inglaterra, incluso sin enfrentarla. El conjunto de Carlos Queiroz, en teoría, no tendría a qué Dios rezarle.
Con el 5-3-2 usado ante Bosnia ya sepultado tras las críticas (de afuera y de adentro), Argentina salió con el equipo que le gusta a la gente. Descreyendo de los manuales, la albiceleste entendió que su once se arma de adelante hacia atrás. Ángel Di María, Sergio Aguero, Lionel Messi y Gonzalo Higuaín contra el mundo. En el medio, Javier Mascherano para contener y Fernando Gago para el primer pase. Esta crónica, también a priori, no precisaba de nombres en defensa: Irán no iba a hacer nada en ataque. La teoría no existe.
La Grecia campeona de Europa en 2004 era un canto al fútbol comparado con este equipo iraní, cuyo autobús se mantenía en pie. Javad Nekounam era el chofer, el técnico dentro del campo. Era su negocio. Perder por poco. Los asiáticos marcaron mejor por abajo que por arriba, vía que utilizaron los sudamericanos para llegar con peligro. Marcos Rojo, Federico Fernández y Ezequiel Garay tuvieron sus oportunidades. Higuaín contó con la más clara de la etapa inicial, pero tiró con derecha al muñeco. Un muñeco que, más tarde, sacó elásticamente un remate del Kun. Di María probó desde lejos pero sin puntería, y Messi no estuvo fino ni en una falta favorable para su zurda. Argentina, sin espacios, no tenía que perder la paciencia.

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